Cuando se habla de Táchira, en cualquier zona del país, inmediatamente cambia la voz de quien habla y la actitud de quien escucha pues se entiende que es éste el equipo más popular de Venezuela y por qué no: El más grande.
Para que el Deportivo Táchira tenga los honores que tiene no simplemente bastó con ganar estrellas, crear cultura futbolera en la región, llenar interminable cantidad de veces Pueblo Nuevo, sino que la entrega de los que se encontraban dentro de la cancha hizo que la camiseta amarillo y negro se respetara en cualquier estadio que pisara. Vale recordar unos cuantos renombrados: Laureano Jaimes, Carlos Maldonado, William Méndez, Andrés Paz, Daniel Francovig... que enamoraron al hincha, lo ponían a corear el "ole", levantaban aplausos en las gloriosas tardes de fútbol en el templo y se clavaron en la memoria de quienes los vieron al punto tal que aún quienes no tuvimos la dicha de apreciarles en el campo, sólo con escuchar los relatos terminamos cortados con la misma tijera y convertidos en los hinchas que quieren jugadores que emulen o al menos hagan respetar lo que estos históricos hicieron en sus días, y es aquí donde toma sentido el título de este artículo, pues hace pocos días el aurinegrismo enlutado por la situación del equipo expresó repetidamente la siguiente frase "Táchira es un grande al que sólo le queda vivir de su historia" ¿Es esto realmente así? Pues parece que sí.
Partiendo del hecho que desde estos inmortales han pasado cantidad de jugadores por las filas aurinegras, pocos han sido los que llegaron a Táchira a defender con la misma euforia y entrega la camiseta atigrada, pocos han sido los que entendieron el peso de lo que defendían, pocos entendieron el peso de jugar en Táchira y por ello se puede decir que sí, Táchira es lo que es por aquellos que forjaron una historia tremenda. Es inexplicable cómo al aurinegro han llegado jugadores que "se las echan al hombro" (me detengo para darle saludos a Delorte, Gamadiel, Zapata, Mágico González, Mauricio Parra actual, Badillo, Clavijo y otros cuantos) sabiendo la tijera con la que se cortó a los hinchas, sabiendo lo exigente que es la tribuna; y es que sin lugar a dudas desde hace rato no hay un jugador que enamore a esta hinchada y mantenga el vínculo por largo tiempo...más aún en las temporadas más recientes, jugadores que llegan a Táchira por los sueldos estratosféricos que permite la directiva, y su puntualidad en el pago de los mismos, pero que en la cancha no alumbran ni con traje de luces, no demuestran su compromiso, no entienden el peso de la camiseta que tienen puesta, vale explicar que no es necesario correr 11km en 90 minutos para demostrar entrega, caso ejemplar Andrea Pirlo en la Juve, que sin correr por toda la cancha expone su compromiso y su entrega con el club bianconero -aún sin ser este el club de sus amores-; otro claro ejemplo son los jugadores del Club Deportivo Lara que sin recibir sus salarios desde hace 11 meses, algunos siendo ídolos en otros clubes, algunos otros sin jugar en el club que aman ahí están, luchando el torneo, dejándolo todo dentro del campo. En este punto es necesario diferenciar entre "jugador ídolo" y "jugador con entrega" pues no basta con que el jugador tenga respeto a la institución, tenga una buena temporada y entienda lo que significa ser de Táchira para llamarlo "ídolo" (mención especial para Ángel Chourio y Sergio Herrera) y es que bajo mi no tan humilde opinión en el aurinegro los ídolos escasearon, y los ídolos con entrega escasearon el doble. Vienen a mi memoria los grandes cortes (no precisamente los de cabello) y la marca férrea de Patón González, los exquisitos tiros libres que ejecutaba Javier Villafraz así como su enorme visión de juego, la extrema entrega que le impedía dar alguna pelota por perdida a Lucas Bovaglio, la necesidad de hacer goles que tenía Sergio Herrera que lo llevaba hasta zonas del medio campo a buscar balones, aquellos segundos tiempos que jugaba Mauricio Parra que enloquecían a la grada (al que lamentablemente se le perdió la brújula del buen sendero), los desdobles que levantaban aplausos en la tribuna hechos por Pérez Greco -en sus buenos días--, Paniguti, Tolisano, Beraza, Bidoglio, Sanhouse, Morán y su muestra de compromiso, así como la capacidad que tuvieron de entender la enorme responsabilidad que significaba estar en Táchira hacen que todos sean recordados con buenos ojos en la parcialidad aurinegra. También recuerdo los años gloria en los que el capitán Gerzon Chacón ofensivamente era un dolor de cabeza cuando desbordaba en la banda derecha y también era un depredador a la hora de defender la misma, el mismo capitán que tiene más partidos con la aurinegra y el mismo al que considero como el último ídolo con entrega que vistió la camiseta de Táchira.

Noté ahora mismo, que entre más escribo más razón le doy a los que dijeron que a Táchira no le está quedando otra opción que vivir de la historia. A los actuales jugadores se les olvidó que tienen que dejarlo todo en el campo, ganar así sea con gol de nuca, pero dejarlo todo, demostrar entrega y demostrar la categoría hasta el último segundo del partido. No necesariamente ser ídolos de la afición, sino jugadores que hagan respetar la historia que otros muchos "se jodieron" en escribir. Es muy fácil escribirlo, lo sé, pero es por ello que el título de este artículo es "Llevar la aurinegra: el peso que pocos entienden" y no busco explicar mucho, simplemente busqué recordarle a la hinchada lo glorioso que es el club del que somos hinchas, y si por alguna razón alguno de los actuales jugadores de Táchira llegase a leerla para que entendiera que las masas no hacen ningún esfuerzo por pagar una entrada y verlos en la cancha porque no inspiran absolutamente nada, porque no están representando dignamente la camiseta que llevan y tampoco rememoran lo que estamos acostumbrados a ver en el estadio: JUGADORES QUE AMAN LO QUE HACEN Y LE PONEN TODAS LAS GANAS DENTRO DEL CAMPO. Ojalá dejemos pronto de vivir de la historia y comencemos a fortalecer la que tenemos para que regresemos a la élite de la que nunca debimos salir y contar con la compañía de las familias exigentes -que anhelo regresen pronto- en nuestro Templo.
Recordar es vivir.



